Last man standing, en el granero; el box sube a escena

A la escena y el cuadrilátero sólo las cuerdas los separan, pero mientras en uno todo es verdad descarnada, en la otra todo es simulacro. “Creo que no hay dos disciplinas que sean al mismo tiempo tan semejantes y a la vez tan diferentes como el box y el teatro”, piensa el actor y director teatral David Psalmon. Y aun así, teatro y pugilismo cuentan más de lo que sucede en sus respectivas áreas.

No es gratuito que la novelista Joyce Carol Oates refiriera que el boxeo “se ha convertido en el teatro trágico de Estados Unidos”, ni que este deporte interesara tanto a escritores como Jack London o Ernest Hemingway y mucho menos a dramaturgos como Bertolt Brecht: “A veces el box se ve inmiscuido en lo que podríamos llamar ‘la mentira’, de la cual los actores somos los profesionales, mientras que en el teatro encontramos a veces mucha verdad, como la que puede suceder en un ring”, dice Psalmon.

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El director presenta Last Man Standing, con el que pretenden hallar puentes entre el teatro, el boxeo y la sociedad. Escrita por Jorge Maldonado, la obra reflexiona en torno a la idiosincrasia mexicana, el lado oscuro del deporte, sus ligas con el poder y corrupción, la ambición del hombre y el sueño que se esfuma a fuerza de jabs y ganchos.

Pero la cosa no queda ahí. Sobre el escenario el box adquiere un matiz didáctico para los actores: “El box nos permite entender mejor nuestra disciplina, que es el teatro, y quizás el teatro nos permite desmenuzar cosas que tienen que ver con el universo del box. Nosotros trabajamos más en ‘laboratorios’, analizando los fenómenos sociales como el box, y ése es el punto que nos resulta más interesante: no únicamente la disciplina deportiva, sino todo lo que conlleva”, explica el director.

Para subirse al teatro, Maldonado plantea la historia ficticia de un combate: el amateur Cristian El Gallo Diez contra el veterano Rubén El Chacal Olivárez, un campeón en retiro. La lucha habrá de suceder entre escenas documentales y un hilo conductor anecdótico que se asoma a los rincones más oscuros del pugilismo, como aquel de la llamada Pelea del siglo, que protagonizaron el argentino Luis Ángel Firpo y el estadunidense Jack Dempsey, en la que, con una trampa, se atajó la posibilidad de que, por primera vez, un latinoamericano fuera campeón del mundo.

ATRACCIÓN PURA

¿Siempre ha existido fascinación entre el teatro y el box?, se le pregunta a Psalmon. “Hay un atractivo muy fuerte; el propio Brecht consideraba que en el box encontraba la verdad que siempre había buscado en el teatro. Hay una correlación interesante, porque el box es pura realidad, pura verdad, pero el teatro es puro simulacro en el sentido de que todo está previamente planeado a través de ensayos y precisión. Es muy difícil explicar las razones de esa fascinación, pero nosotros nos sumamos a la inquietud de Brecht, de Vicente Leñero y de muchos otros que han encontrado en estas dos disciplinas puentes de conexión”.

Psalmon confiesa que no profesa la misma afición. “No me gusta tanto el box, pero me interesa mucho el fenómeno social, es tremendamente interesante lo que pasa en el barrio de Tepito, en la Guerrero, las historias de estos chavos que para salir adelante están dispuestos a sacrificar su integridad física, a romperse literalmente la cara; esto me parece mucho más importante que el deporte en sí”, dice.

-¿Qué tiene que enseñarle el box al teatro? “El box le enseña al teatro estas historias de tantas personas que se sacrifican con tal de tener algo que meterse a la boca. El box no sólo es Manny Pacquiao, es ante todo las historias de todos estos jóvenes que entran todos los días al gimnasio; lo que puede enseñarnos el box, y sobre todo en México, es que es un ejemplo sobresaliente de dolor y éxito; solemos repetir tantas veces que en México no hay disciplina y yo veo abisalmente el universo del box y me pregunto: ‘¿cómo que no hay disciplina?’. Veamos lo que pasa en el box”.

Llevar el box a escena, sin embargo, es tarea compleja: en 1985, por ejemplo, para darle realismo a la puesta ¡Pelearán diez rounds!, de Vicente Leñero, el director José Estrada contrató a Pipino Cuevas para que entrenase al actor José Alonso, quien da vida a Joel El Toro Sánchez Pero aquello acabó en desastre y, después de varios ensayos, el púgil profesional noqueó al actor, a quien recetó una triple fractura de costillas.

¿Cómo se resuelven en Last man standing las escenas de enfrentamiento? “El box es una disciplina inmontable; es puro momento presente, es imposible saber cuál golpe llegará a la cara del contrincante; pero en el teatro todo está calculado. Lo resolvimos de maneras diversas e interesantes, la más banal es hacer coreografía de las secuencias, sabiendo cuál es el próximo golpe para que no exista posibilidad de lastimarse, pues el actor tiene que dar función al día siguiente; también utilizamos distintas secuencias, trabajamos en cámara lenta, en secuencias con perfil opuesto, es decir, los boxeadores están trabajando lado a lado, sin lanzarse los golpes directamente al cuerpo sino al aire”.

¿Es el box una alegoría de lo que pasa en México? “México es un país de boxeadores cuando en general no se tienen resultados deportivos sobresalientes. Pero, en el box, México es un país que sobresale como pocos; eso nos arroja muchas preguntas. ¿Sí será que el box es una alegoría extraordinaria de la propia sociedad mexicana? ¿O será que la sociedad mexicana es una especie de espacio de combate, de dolor, pero también de posibilidad de salir adelante?”.

¿En qué momento de la pelea está México? “Está muy golpeado, en la lona y sabe que debe levantarse, pero no vislumbrar aún el horizonte. Hay una noción de sacrificio tremendo en este país que tiene tanto para ofrecer y que nos sigue sorprendiendo cada vez”, concluye Psalmon.