20 años sin Octavio Paz: el escritor que humanizó con su poesía lo Mexicano

Los poetas son el aliento de un país, su respiración. Los poetas nos humanizan. Cada vez que un trovador muere, un dolor se extiende hasta la línea del horizonte y las gaviotas se estrellan desoladas contra los borbotones del océano. Enmudece el abecedario del mundo. Los niños marchan a las escuelas con las pañoletas palidecidas y los maestros no encuentran las páginas exactas de los manuales de geografía. / Hace veinte años el Premio Nobel de Literatura mexicano, Octavio Paz (Mixcoac, 31 de marzo, 1914 – Coyoacán, 19 de abril, 1998) entrecerró los ojos para recordarnos “el nacimiento que nos lleva a la muerte, / la muerte que nos lleva al nacimiento”.

Fue domingo aquel 19 de abril de 1998. El mercado de Mixcoac estaba repleto de parroquianos en busca de frutas y flores: de un vaso de agua de jamaica y de una quesadilla de flor de calabaza. / Era domingo. Una sonata de Bach resonaba en la amanecida. La flebitis acosaba al autor de “Viento de enero”. En Coyoacán, el perfil de Dios entraba junto con la luminiscencia por las rendijas del pabellón. El poeta recitaba: “Sin nombre, sin cara: / la muerte que yo quiero / lleva mi nombre, / tiene mi cara. / Es mi espejo y es mi sombra”.

Los portones se cerraron. El tiempo se deshacía en otro tiempo. La transfiguración apelaba al aroma que chorreaban los almendros, las piedras y el silencio: “luz líquida, el agua resplandecía”. / Octavio Paz con su habla de vehemencias estableció un diálogo permanente con el fulgor. Luz que brota de la sombra. Iluminación acordonada al aire. Albor en la beatitud. Luz. Refulgencia. “El mundo no es visible. / Se lo comió la luz” // “No hay nada / sino la luz contra la luz.”

Entro a Pasado en claro: la memoria estalla en el “tamaño del tiempo”. La recordación se cristaliza en el instante de una levedad en la encrucijada de la pausa. “Un charco es mi memoria. / Lodoso espejo: ¿dónde estuve? / Sin piedad y sin cólera mis ojos / me miran a los ojos / desde las aguas turbias de ese charco / que convocan ahora mis palabras.” Poema autobiográfico en que “Del vomito a la sed, / atado al potro del alcohol, / mi padre iba y venía entre las llamas. / Por los durmientes y los rieles / de una estación de moscas y de polvo / una tarde juntamos sus pedazos. / Yo nunca pude hablar con él. / Lo recuerdo ahora en sueños, esa borrosa patria de los muertos.”

Comienzo un viaje interminable por Libertad bajo palabra (1935 – 1957): Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Hago puerto en Vuelta (1969 – 1975): tropiezo con “Nocturno de San Idelfonso”, el muchacho que camina por este poema, me dice que la poesía es un puente colgante entre historia verdad. La noche es una invención, una fiesta aturdida por tanta espesura mansa. “La noche estalla en pedazos”.

Aprendimos que “el mundo cambia / si dos se miran y se reconocen”. Veinte años de una alquimia desnuda sobre un jardín huérfano: ¿desaparición? La presencia de Octavio Paz se hace latente en los ecos de un aguacero permanente. En estas dos décadas no ha ocurrido el alejamiento. Leyéndolo, corroboramos que “La escritura poética es / aprender a leer el hueco de la escritura/ en la escritura”. Veinte años: el oleaje crece en sus ojos de manar constante.

Fragmento de el laberinto de la soledad

Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: “al buen entendedor pocas palabras”. En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo, y de los demás. Lejos, también de sí mismo.

El lenguaje popular refleja hasta qué punto nos defendemos del exterior: el ideal de la “hombría” consiste en no “rajarse” nunca. Los que se “abren” son cobardes. Para nosotros, contrariamente a lo que ocurre con otros pueblos, abrirse es una debilidad o una traición. El mexicano puede doblarse, humillarse, “agacharse”, pero no “rajarse”, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad. El “rajado” es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su “rajada”, herida que jamás cicatriza.